*Corralismo: dividir para perder
*Patriotismo con visa láser
*La muerte no borra las preguntas
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En la reunión que sostuvo Santiago de la Peña en la Arena Corner Sport, logró reunir a más de 3 mil 500 amigos, panistas y simpatizantes de su proyecto político rumbo a 2027.
Ahí, Santiago dejó clara su postura: el enemigo está enfrente y busca meterse en Chihuahua para convertirnos en un Sinaloa más. Sin embargo, algunos panistas que, obviamente, no estuvieron en la reunión no han querido entenderlo.
Hay algunos seudoazules con espíritu corralista que prefieren ver a Morena gobernar Chihuahua antes que al PAN abanderando a un perfil al que no consideran “su gallo”.
Al puro estilo de Corral Jurado, algunos insisten en dividir al PAN, hacerlo pedazos y todo por un berrinche, por un capricho político del que no obtendrán nada nuevo. Dicen defender al partido, pero trabajan como voluntarios de la oposición.
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A la lista de farsantes y mentirosos, como Andrea Chávez, se suma su amigo Juan Carlos Loera, quien en su momento estuvo cacareando que, en solidaridad con Andy López Beltrán, dejaría de vivir en El Paso, quemaría su visa y se iría a vivir a Juárez.
Este personaje, después de intentar ser gobernador y no conseguir el apoyo necesario, ahora quiere ser alcalde de Juárez. Sin embargo, durante años se ha resistido a vivir en esa ciudad y siempre ha preferido El Paso, Texas; es decir, el sueño americano, pero al estilo comunista de Morena.
Resultó que ese apoyo para Andy López era pura mentira, pues el fin de semana se le vio muy feliz y algo tomado en el concierto de Alejandro Fernández, en El Paso. Eso no habría sido posible si hubiera renunciado a su visa láser, emitida por Estados Unidos, como dijo que haría en solidaridad con Andy López Beltrán, a quien se la cancelaron por malandro. Muy revolucionario el discurso, pero el sábado se canta mejor del otro lado. Muy revolucionario el discurso, pero el sábado se canta mejor del otro lado.
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La muerte de Jaime Enríquez podrá cerrar una historia personal, pero no elimina las preguntas que durante años persiguieron políticamente a Cruz Pérez Cuéllar. Sobre su suegro pesaron acusaciones de carácter sexual atribuidas a una de sus propias hijas; señalamientos graves que nunca quedaron aclarados públicamente y que alcanzaron al alcalde por la cercanía familiar y política que mantuvo con él.
Para Pérez Cuéllar, el episodio se convirtió en una piedra dentro del zapato rumbo a la gubernatura. Sus adversarios lo acusaron de guardar silencio, brindar protección y anteponer la conveniencia política a la exigencia de justicia. Pero si esas acusaciones fueron falsas, debió desmentirlas con documentos; y si existió una investigación, estaba obligado a exigir que llegara hasta sus últimas consecuencias. Callar no fue prudencia: fue permitir que la sospecha creciera.
Hoy algunos podrán creer que la muerte de Jaime Enríquez representa un respiro para el proyecto electoral de Cruz. Se equivocan. La muerte de una persona no extingue los cuestionamientos, no sustituye una resolución judicial y mucho menos limpia responsabilidades políticas. El expediente podrá quedar inconcluso, pero el silencio seguirá vivo. Y en política, lo que no se aclara termina oliendo a encubrimiento.
