Las estrellas de los Juegos Olímpicos estuvieron al centro del Stade de France. Treinta y dos récords olímpicos, diez récords mundiales, trescientas veintinueve medallas de Oro repartidas. No eran unas medallas cualquiera, tenían un pedazo de la Torre Eiffel, que ahora colgaba de sus cuellos y paseaban con ellas en la ceremonia de clausura.
Pero faltaba una medalla para completar todos los podios, la de la neerlandesa Sifan Hassan, campeona de maratón olímpico femenil, recibió su medalla de Oro ante 71 mil 500 espectadores, la premiación con más público. Una sonrisa que enmarcaba su presea dorada después de ganar los 42.195 kilómetros, luego de los Bronces en los 5 mil y los 10 mil metros. La sonrisa de ser número uno.
El corazón de Francia latió por 17 días en la Torre Eiffel, el Palacio de Versalles, la Plaza de la Concordia, Grand Palais, Los Inválidos y Trocadero y el Río Sena. Fueron los Juegos de la gente, cobraba mayor valor porque los anteriores fueron protagonistas por la ausencia del público.
El Stade de France se transformó en un trato. Un tributo a la creación de los Juegos Olímpicos desde 1896. Los anillos de los Juegos Olímpicos cobraron vida y sobrevolaron en medio del mítico estadio y por encima de 205 delegaciones y 9 mil atletas y staff como testigos.
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